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Etiqueta: Lorena Piedra

Incoherencias imperdonables

El 2025 nos presenta un contexto donde los actores de la esfera política repiten de mil maneras que las ideologías perdieron su vigencia. Estas declaraciones, intercaladas con graciosas danzas que enganchan algoritmos, provocan que los emisores de este mensaje, en lugar de disfrutar del resultado final de aquello que parecería ser una brillante estrategia, evidencien su pobre comprensión del Estado y su funcionamiento.

Es evidente que a pesar de estar vigente una Constitución que diseñó un modelo de Estado fuerte de máximos y obeso desde algunos puntos de vista— en la práctica la ausencia de recursos ilimitados provocó que desde 2017 empecemos a transitar hacia un modelo de Estado mínimo con parámetros limitados para la elección gubernamental. Hablar de un modelo de Estado de máximos y de mínimos, no corresponde a palabras vacías, para ser viable, una u otra opción requiere de coherencia ideológica y teórica en su aplicación.

El modelo de Estado de mínimos tiene su base en el liberalismo clásico, que corresponde a la concepción del Estado que se enmarca en poderes y funciones limitadas. El Estado liberal es inseparable del Estado de derecho, pues sólo así se puede garantizar la protección de los individuos.

Mujeres y hombres protagonistas de la sociedad civil, quienes deberían tener el derecho de gozar de esferas de acción no controladas por el poder estatal, se encuentran con áreas de control cada vez más amplias. Si el camino que se construye en la política pública elimina de su ámbito de acción ciertas dimensiones consideradas no indispensables para las funciones estatales, será una sociedad civil fuerte la llamada a tomar esa responsabilidad.

Los problemas que se repiten entre millones de personas en Ecuador, sin importar su edad, no son menores; problemas como el debilitamiento progresivo de la calidad de vida, desnutrición infantil crónica, desempleo, hambre, violencia y muerte deberían interpelarnos y quitarnos el sueño. Si el diseño que está siendo implementado tiene como norte hacer bien lo básico, y no redistribuir riqueza, o intervenir en cada aspecto, ponerle trabas a la sociedad civil para su operación es indocto y temerario.

El proyecto de “Ley Orgánica para el Control de Flujos Irregulares de Capitales”, al solicitar sistemas internos de integridad para las asociaciones, federaciones, confederaciones y exigir el registro en el “Sistema Unificado de Información de las Organizaciones Sociales” (SUIOS) para que sus operaciones sean consideradas legales, es incoherente con lo que implica la implementación de un modelo de Estado liberal. Este hecho por sí mismo ya es escandaloso. Pero lo peor es que hace evidente que la empatía por el dolor de los otros es algo completamente ausente. Un Estado que no se hace cargo y que pone trabas a aquellos que sí quieren hacerlo, tampoco significa un problema, o dilema ético.

Ser liberal y demócrata de manera coherente implica creer en los órganos de autogobierno de la sociedad civil; garantizar condiciones libres de acción.

Existe una ciudadanía dispuesta a ir más allá de la crítica, a hacer su parte. Pero lo único que pide de regreso es coherencia. Somos testigos de una incoherencia imperdonable; es absurdo pretender que exista defensa posible frente a la catástrofe social que vivimos. Si el Estado, al más puro estilo de un secuestrador, nos amarra de manos y pies, ojalá no nos amarre la boca después.

¿Hasta cuándo?

Hay preguntas que no dejan de retumbar en la cabeza de una parte importante de los 18 millones de personas que vivimos en este país. ¿Hasta cuando, por omisión – y por más repleta de buenas intenciones que esté – continuaremos sin contar con capacidad de prevención frente a la penetración en el Estado, y sin capacidad de respuesta ante la operación de las estructuras de delincuencia organizada en los territorios?

¿Hasta cuándo ganará  el cálculo de la renta electoral en la respuesta que los líderes locales le otorgan y le deben otorgar a la lucha contra este tipo de delincuencia?  ¿Qué elementos deben tomarse en cuenta para  que alcaldes y funcionarios de los gobiernos autónomos descentralizados tomen el lugar real que les corresponde y ejecuten de una vez una efectiva política pública preventiva?

¿Cuáles son los  motivos detrás de la omisión del CIES en formar parte del gabinete Estratégico conformado por el Decreto 536 y, con esto dejar sin análisis prospectivos al Estado, al tomar decisiones de alta relevancia en materia de seguridad?

Sabemos ya que el Estado ecuatoriano por décadas construyó una serie de condiciones estructurales de desigualdad social, que privaron de su misma presencia real a territorios importantes del país; que ese mismo Estado ejerció y sigue ejerciendo violencia estructural contra los sectores más vulnerables de la población.

Conocemos que las estructuras de delincuencia organizada llenan el espacio dejado por el Estado, y al hacerlo ganan la fidelidad de la población, pues reclutan a personas vulnerables dentro de sus filas. El resultado de estos hechos se refleja en la ausencia del imperio de la Ley en barrios, sectores y ciudades completas.

Deja ver su lado humano en aquellas personas privadas de libertad por condenas, en su mayoría, de tráfico de drogas. Hablamos de mujeres y hombres que con suerte leen y escriben, que nacieron pobres, que no rompieron el círculo de pobreza que en este país pesa más que armadura de hierro y, que condena a generaciones completas.

Tenemos conciencia también de que bajo las condiciones actuales es alta la probabilidad de que «perdamos la batalla contra el narcotráfico»; utilizando la alegoría que se usa desde el mismo Gobierno.

No necesitamos ser expertos para intuir que: sin medidas estructurales de reforma en diferentes ámbitos, el país no experimentará mejoras en el panorama de seguridad. La violencia que sufrimos es multicausal; si la intención es solucionar la violencia de forma permanente el único camino es la prevención integral.

¿Cómo prevenir? Al mejorar las condiciones de vida de niñas, niños y adolescentes en el país, que amplíe sus posibilidades de vivir y no sólo de sobrevivir. Privilegiando en política pública todo lo referente a esta población, más aún cuando se trata de adolescentes infractores.  La fidelidad a las pandillas, el consumo de drogas, y otras conductas de riesgo se aprenden a corta edad, y con el actual sistema sólo se consolidan. Para cumplir el objetivo requerimos que todos los sectores: Estado central, GADs, sector productivo, academia, gremios, entre otros se involucren de forma directa.

Mientras se actúa en este sentido también es urgente consolidar el proceso de depuración iniciado en Policía Nacional y Fuerzas Armadas; reformar los reglamentos disciplinarios y ejecutar una reforma importante en los procesos de formación de sus miembros, que les permita tener éxito al proporcionar seguridad.

En el mediano y en largo plazo centrarse en formar el tipo de profesional necesario para el contexto de hoy. Dejar de lado los ahorros que nos generan desventajas comparativas frente a otros cuerpos de seguridad de la región, y todavía más frente a estructuras de delincuencia organizada.

Sin generar capacidad de anticipación desde el Estado, gastaremos recursos sin solucionar el problema de fondo. Necesitamos reforzar un sistema de inteligencia profesionalizado.

Requerimos analistas civiles con nombramiento, que puedan dedicar su carrera profesional a descifrar este problema y salvar vidas, con capacidad real de generar prospectiva de forma constante. Requerimos también que los tomadores de decisiones tomen en cuenta estos criterios al diseñar políticas públicas.

No podremos solventar el problema de seguridad sin antes consolidar la institucionalidad del CIES  y blindar el SNAI. Es urgente consolidar exitosamente el proceso de reordenamiento y depuración que construirá paz dentro de los centros de privación de libertad. Cada acción implementada para solucionar el problema tiene también un efecto colateral, la tendencia de subir el nivel del discurso ya nos está provocando consecuencias. No podemos esperar a llenarnos de niños y niñas muertos para empezar a tomar el problema en serio.

El Presidente Lasso tiene la oportunidad de pasar a la historia como el responsable de sentar las bases estructurales para que no sea la lógica de la delincuencia organizada la que prime en desmedro de la sociedad. Ecuador debe ser un territorio donde la vida pueda reproducirse, donde la vida se desarrolle libremente, y no esté a merced de las decisiones de los violentos.